8 mayo 2018
Coca y guerra, pensando en Catatumbo

Hace varios años, un líder de las FARC me contaba que decidió salirse de la guerrilla cuando vio que la relación, entre ellos y los campesinos, empezó a desdibujarse, al darse a través del dinero. Más que un obsequio, era una relación clientelar; y ese dinero venía del narcotráfico.Este fenómeno hizo daño no solo a esa cotidianidad sino a todas las relaciones y al proyecto político de la guerrilla. 

Coca y guerra, pensando en Catatumbo

Pero eso no fue una excepción. El Partido Panteras Negras, de las comunidades afrodescendientes en los Estados Unidos, se vio prácticamente destruido mediante el microtráfico, impulsado por agentes del gobierno. Así, las bases sociales terminaron envueltas en el consumo y hasta en pugnas entre distribuidores de drogas, afectando seriamente la construcción de una propuesta diferente al racismo estructural estadounidense. En Afganistán, los cultivos de opio dejaron de ser un medio para los talibán, para convertirse, en algunas zonas, en el fin único de algunos de esos grupos.

Es obvio que la economía de guerra no se resuelve, en el caso de grupos ilegales, fácilmente con actividades legales ni a pequeña escala. No es vendiendo arepas en la esquina como una organización armada logra su financiación, pero eso no es un cheque en blanco para cualquier tipo de prácticas.

Con otra sustancia, pero con igual perversión, se ha hecho mucho daño a las comunidades indígenas en Colombia. En Cauca o el Sarare, estas comunidades han cedido, por su creciente adicción al licor, en su visión de vida, su proyecto colectivo y sus luchas sociales.

No es un debate de moralismos sobre el uso de la droga, ni está limitado al debate sobre el libre desarrollo de la personalidad. La respuesta de que eso se consume “en el imperio”, es falaz. No se puede negar el daño que hace el microtráfico en las comunidades de los países productores y la perversión cultural que produce el dinero fácil, aun entre aquellos que se declaran revolucionarios, especialmente en zonas con alta densidad de cultivos ilícitos.

La idea del Hombre Nuevo, tan defendido en la izquierda latinoamericana, no es compatible con ciertos métodos, incluyendo los de financiación de las guerras. Como diría Marx: “en donde el dinero triunfa, toda relación humana ha sido ya reducida a relación de mercado". Y en esa relación un proyecto diferente está contaminado. Así como el neoliberalismo no es una propuesta económica sino, ante todo, un planteamiento ideológico, también lo es el narcotráfico.

Creer que es posible vivir de las drogas y mantenerse revolucionario, es una ingenuidad. Las drogas son, como un dios Cronos, que devora a sus hijos. Y no dudaráen devorar las estructuras que toca, ya sean políticas, clubes de fútbol u organizaciones armadas. El clientelismo y el pensamiento mafioso está presto para saltar allí donde le sea posible.

En el caso de la región colombiana de Catatumbo, me explicaba un excomandante de las FARC, uno de los criterios para establecer una zona veredal de concentración de guerrilleros, en el marco del proceso de paz, era la no existencia cercana de cultivos ilícitos, pero no es nada fácil encontrar una zona sin coca en toda la región. Y allí, hoy se libra otra guerra más entre grupos guerrilleros, afectando además a la población civil.

La pregunta es si una disputa por cultivos encierra un trasfondo económico o es un comportamiento mafioso. Pero eso no se vive solo en Catatumbo, sino también en Cauca, Nariño y Chocó. No es entonces un debate de puritanismos ni de casos aislados, sino de proyectos nacionales. Y si, a los ojos de las comunidades locales, como pasa en Chocó, todos los actores armados se portan de la misma manera y con la misma lógica y entonces las banderas políticas se desdibujan por completo. El dilema, en últimas y dicho de una manera cruel, es que se trata de escoger entre el Ché Guevara y Pablo Escobar. Y no parece que haya término medio.


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Perfil del Bloguero
Médico, Master en Estudios Latinoamericanos y Doctor por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en Colombia, Palestina, Darfur, Sahara Occidental, Etiopía y Birmania, entre otros contextos. Su más reciente libro es “Historias de guerra para tiempos de paz” (Planeta, 2018)

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