Mostrar:
Autores:
Buscar:

Miguel Angel Ferrer
Miguel Angel Ferrer

Economista y profesor de Economía Política. Fundador y director del Centro de Estudios de Economía y Política. Es columnista del diario El Sol de México, del catorcenario Siminforma, del diario Rumbo de México, entre otros medios. Analista político en distintos programas de radio.

89 Notas publicadas

Notas recientes

La privatización de los bienes públicos fue (y sigue siendo en otras latitudes) el rasgo esencial y definitorio de la política económica neoliberal.

Han corrido, están corriendo y van a correr muchas más versiones respecto a los motivos que llevaron a Eduardo Medina Mora a renunciar al cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.  

Inmediatamente después de haberse hecho públicos el secuestro y la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, el gobierno de Peña Nieto puso en marcha, con el auxilio de periodistas amigos o a sueldo, la falsa versión de que esos crímenes estaban ligados al narcotráfico.

La falsa versión gubernamental afirmaba que por error o deliberadamente los  normalistas habían secuestrado un autobús en el que se encontraba un cargamento de estupefacientes, y que los narcos dueños de esa droga decidieron, a título de castigo y escarmiento, secuestrar y desaparecer a los 43 estudiantes.

Pero también inmediatamente esa falsa versión cayó por los suelos. Y desde entonces y hasta ahora prevalece la convicción social y popular de que se trató de un crimen de Estado autorizado por la más alta instancia gubernamental, es decir, por el mismísimo presidente de la república, Enrique Peña Nieto. Un crimen que parece una calca de la política de secuestros y desapariciones forzadas del dictador argentino Rafael Videla.

Varios hechos públicos e incontrovertibles abonan esta convicción social y popular. El primero de ellos es la bien documentada participación del ejército en el crimen. Nadie en el instituto armado pudo participar en un acto como el de Iguala sin órdenes precisas del alto mando. Ni siquiera el secretario de la Defensa, quien necesariamente tuvo que recabar la precisa orden presidencial.

El segundo hecho es la participación en el crimen del gobernador de Guerrero, el mañoso y muy marrullero priista y perredista Angel Aguirre, quien antiguo conocedor de las tripas del sistema político no podía darse el lujo de intervenir en los graves sucesos sin obtener la autorización expresa de Peña Nieto.

Y un tercer indicador del papel principalísimo de Peña Nieto en el crimen fue el atropellado esfuerzo del jefe del Ministerio Público, Jesús Murillo Karam, para desviar las miradas sobre Peña hacia simples delincuentes y dar prontamente por cerrado el caso con la célebre verdad histórica que exculpaba absolutamente a Los Pinos.

Como autores materiales del nefando crimen de Iguala se cuentan soldados, policías federales, estatales y municipales y algunos matones a sueldo. Pero ahora lo central es señalar a los autores intelectuales, a quienes dieron las órdenes. Y en esto no hay mucha tela de dónde cortar. Tratándose de un crimen de Estado, las órdenes sólo pudieron provenir del jefe del Estado, es decir, de Enrique Peña Nieto.

A los reparos, quejas o críticas por cosas sin importancia se les llama tiquismiquis: “pelea por tiquismiquis”, “se enoja por tiquismiquis”, “reclama por tiquismiquis”. Y por extensión se le llama tiquismiquis a la persona que asume y practica este tipo de actitudes: “ser un tiquismiquis”, un ñoño, un mamón, un remilgoso, un melindres.

El mejor freno -reza el aforismo clásico- es dejar de acelerar. La frase es clara y perfectamente aplicable al tema de las deudas. Si una persona, una empresa o un país tienen deudas y desean salir de ellas, el primer paso para lograrlo es no adquirir nuevos débitos. Frenar dejando de acelerar.

Es indiscutible que las conferencias de prensa cotidianas de López Obrador (las célebres mañaneras) son un fenómeno extraordinario de comunicación social. Son, por ello mismo, piezas fundamentales de los éxitos de la gestión gubernativa del Presidente.  

Desde el mismísimo momento en que fueron firmados los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) se sabía que esos pactos sólo eran papel mojado. Y que lejos de ser acuerdos de pacificación constituían más bien la nítida capitulación de la guerrilla frente al ultrarreaccionario gobierno colombiano y frente a Estados Unidos.

En unas declaraciones absurdas, increíbles y claramente demenciales, el secretario estadounidense de Estado, Mike Pompeo, acusó al gobierno de Cuba de obligar a los médicos cubanos en misiones de auxilio en diversos países a prestar esos esenciales servicios humanitarios en malas condiciones de trabajo.

De dónde sacan entonces los detractores de López Obrador los malos augurios económicos. Hablan de focos amarillos, de indicios de recesión, de recesión técnica. Pero los datos económicos duros contradicen esas opiniones sin duda interesadas y sin bases objetivas.

El pasado viernes 9 de agosto se cumplieron 74 años del bombardeo atómico de Nagasaki. Tres días antes Hiroshima había sido arrasada por otra bomba nuclear. Entre ambas ciudades perecieron más de 150 mil civiles. Los ataques fueron ordenados por el presidente Harry S. Truman, del Partido Demócrata.