El día que conocí a Raúl Castro

Tenía como quince días que el nuevo libro sobre Raúl Castro se había presentado en la Duma de Moscú, y ya lo tenía yo en mi mesa. Mi querido amigo Ezequiel me lo trajo de La Habana, directito de las librerías revolucionarias y aún oliendo a tinta fresca. Dicen que todas las ciudades huelen a algo. El DF a cañería y grasa de tacos. Santiago, como a panadería y llantas quemadas (Pachuca no sé a qué huela, siempre hay que venir de fuera para percibirlo; quizá a pastes y a perro mojado). Pero el de La Habana siempre es un aroma a mar y tabaco. Y a libros. Y otra vez a mar.

Raúl Castro se comprometió a seguir trabajando por hacer de América Latina una zona de paz.

Ezequiel tuvo que confesarme que si el libro venía abierto, con algunas hojas dobladas en las puntas y con una grieta al medio del forro, fue porque al viajar de la capital de Cuba hasta la mesa de la cantina “Salón Pachuca” donde nos encontramos, no contuvo la tentación de abrirlo y comenzar a leerlo. “¡Tremendo libro, Alberto!”, me dijo y supuse que sí, si consideraba que un lector apasionado no tiene compasión del arte de la imprenta y el empastado, y se nota a leguas que lo es porque siempre deja arrugados los libros, aunque sean para regalar.

Ciertamente el libro está bueno. Escrito por el ruso Nicolai Leonov, “Raúl Castro, un hombre en revolución”, narra pasajes desconocidos del personaje y su papel en la gesta revolucionaria, antes y después del 59; sus relaciones con la URSS y su llegada a la Presidencia de Cuba. Yo que decía conocer la historia de la Revolución Cubana, ha sido con ésta obra que al fin pude conocer a Raúl, el callado, siempre marchando en filas internas, pero dotado de un talento político que bien pudo tenerlo en la vanguardia de la historia de no ser porque enfrente ha tenido a alguien llamado Fidel, su hermano mayor. Le pasó a George Harrison con John Lennon. Y si pasó con The Beatles, ¿por qué no en el movimiento 26 de julio? Sí, claro que vale la comparación.  

Fue Raúl un comunista declarado antes que Fidel; y ya lo era, desde antes que estallara la guerrilla. Esto es algo no muy conocido, pero destacado en esta biografía narrada con oraciones prolijas que se deslizan sobre una línea de tiempo que comienza en el nacimiento del menor de los Castro un 3 de junio de 1931 en Birán, Holguín, y termina en el cercano 17 de diciembre de 2014 cuando “los acontecimientos rebasaron los pronósticos más optimistas y al mediodía del 17 de diciembre, en La Habana y Washington” (…) “Raúl Castro y Barack Obama sorprendieron al mundo con declaraciones simultáneas generadoras, por su trascendencia, de una explosión noticiosa que recorrió el planeta en escasos minutos, para convertirse en el acontecimiento del año”: el deshielo, la recomposición de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, luego de 55 años de congelamiento.

Y sigue teniendo eso en agenda Raúl Castro. Lo trae hoy, justo hoy, cuando por primera vez visita México en calidad de Presidente de Cuba.

No quiere decir que no conozca el país. ¿Quién no sabe que el presidente de Cuba tiene un ahijado mexicano, que es chilango y que además se llama como él, Raúl, Raúl Cedeño Vanegas? Para saberlo hay que ir a la calle Penitenciaría de la popular colonia Morelos en la Ciudad de México, donde una fachada común pintada de blanco esconde tras de sí la cuna de la Revolución Cubana. Ahí, en un pequeño cuarto de esa vieja imprenta, la familia Vanegas albergó a Fidel, a Raúl, a Camilo, al Ché, a Ramiro Valdés y otros revolucionarios, cuando nadie quería hacerlo. Ahí tuvieron su primer entrenamiento por parte del luchador Arsacio Vanegas y más allá, en un predio del municipio de Chalco, se preparaba el asalto militar que luego partiría a Cuba. Seguro Raúl se dará el tiempo para saludar a sus amigos.

Le pregunté a una fuente del Gobierno cubano ¿qué quiere Raúl Castro de México en esta visita? Acompañamiento, me dijo. Cuba requiere que México siga de cerca el proceso de recomposición diplomática entre la isla y Estados Unidos, ya que el país es socio político y comercial de ambos, y sus intereses podrían favorecerse con el deshielo. Algo que no es menor, ya que los 500 millones de dólares que México tiene invertidos en Cuba estarían en posibilidad de dejar ganancias mayores. El tema es evitar que el proceso de diálogo entre La Habana y Washington se revierta; cerrarle el paso a quienes se oponen a ésto (facciones ultra derechistas que operan en México) y ejercer presión internacional para que se levanten al fin los muros que dividen a los dos pueblos, de un lado y otro de la Florida. Uno sólo, de hecho: el bloqueo financiero que EEUU ha impuesto a Cuba desde 1962, cuyos efectos no permiten que dinero mexicano – o de cualquier otro país-, sea invertido en la isla.

Curioso por el tema, también le pregunté a Ezequiel: “Hermano, viene Raúl a México, ¿cómo ves?”. Y mi amigo que, como buen habanero, siempre da pie con bola, me respondió: “¿Así? Nos vemos a las cinco en la cantina y te digo”.  Yo no lo tenía en mente, pero sí, vale la pena brindar por eso.

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Perfil del Bloguero
Periodista, escritor y bloguero mexicano. Especializado en periodismo narrativo sobre contracultura, terrorismo mediático, movimientos sociales e insurgentes. Analista político sobre el polo comunista internacional y de países no alineados.

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