Colombia, la única arma será la palabra

El momento esperado llegó, y todos recordaremos con emoción el 26 de septiembre de 2016, cuando en Cartagena de Indias se produjo la firma de la paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo, y el gobierno colombiano. Un acuerdo que, en palabras de Timochenko, Comandante en jefe de las FARC-EP, durante su discurso tras la firma, representa una bocanada de aire fresco para los más pobres de Colombia, invisibles, o más bien deberíamos decir invisibilizados, durante siglos.

Colombia, la única arma será la palabra

Pero la firma de la Paz no es el fin, si no el inicio de una larga marcha para que en Colombia se pueda materializar el sueño de los oprimidos, la justicia social, que necesariamente debe venir acompañada de una reforma agraria, punto clave en los acuerdos de La Habana. Acuerdos que tienen un pilar sólido en la justicia transicional que debe ser aplicada en Colombia, una justicia transicional que busque la verdad histórica, basada en la memoria como base para la reconciliación nacional y el reconocimiento mutuo del daño causado, justicia transicional que no excluya la amnistía para miles de presas y presos políticos colombianos.

Es necesario destacar la necesidad de acompañar a la guerrilla en el tránsito de organización político-militar a movimiento político. Es nuestro deber recordar la masacre cometida contra la Unión Patriótica, 5.000 de cuyos militantes, incluidos dos candidatos presidenciales, fueron literalmente exterminados en un crimen de Estado.
También entre los pendientes de la larga marcha hacia la paz, se deben completar las negociaciones con el ELN, de manera que se pueda culminar la máxima de la CELAC que declara América Latina y el Caribe como territorio de paz.

Sirva esta columna para manifestar mi admiración por las FARC-EP, pues si hay que tener valentía para hacer la guerra, hay que ser aún más valiente para construir la paz. Paz que no hubiese podido ser firmada sin la también valentía del Presidente Santos, que de Ministro de la Guerra de Uribe ha pasado a ser Presidente de la Paz. Paz que podemos tocar con la punta de los dedos gracias al solidario papel jugado por la revolución cubana, que a pesar de las limitaciones materiales, ha sido la gran artífice de materializar un acercamiento que comenzó a facilitar otro grande, el Comandante Chávez. Paz que fue firmada en una tribuna llena de presidentes, reyes y secretarios generales de grandes organismos, pero donde faltaba una de las imprescindibles en esta historia, Piedad Córdoba.

Con la más absoluta convicción del triunfo del Sí en el plebiscito, se abre ahora una nueva etapa para Colombia, un nuevo escenario que debe traer la posibilidad de refundar el país mediante una Asamblea Constituyente, y donde la izquierda pueda presentarse a las elecciones sin que la maten, pero además con posibilidad real de ganar la presidencia del país. Juan Manuel Santos se puede quedar con el Nobel de la Paz, pero esperemos que pronto, como ha sucedido en otros lugares de Nuestra América, sean los sectores populares, las mayorías sociales de Colombia, las que puedan gobernarse a sí mismas, ojalá que con una mujer a la cabeza.

En memoria de Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, Alfonso Cano, y todos los caídos en la lucha por la Paz con justicia social para Colombia


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Perfil del Bloguero
Tiene un diplomado en Políticas Públicas. Exasesor del Viceministerio de Planificación Estratégica, de la Unidad Jurídica Especializada en Desarrollo Constitucional y de la Cancillería de Bolivia. Ha coordinado las publicaciones "Transiciones hacia el Vivir bien" y "Un Estado muchos pueblos, la construcción de la plurinacionalidad en Bolivia y Ecuador". Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad.
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