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Los efectos físicos y psicológicos de la violencia sexual en los conflictos armados no pueden medirse del todo, son profundos y duraderos, junto al estigma, la violencia y la falta de justicia.

Los efectos físicos y psicológicos de la violencia sexual en los conflictos armados no pueden medirse del todo, son profundos y duraderos, junto al estigma, la violencia y la falta de justicia. | Foto: Confilegal

Publicado 19 junio 2020


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De acuerdo con la ONU, la violencia sexual en los conflictos, es un método de guerra que busca humillar, degradar y destruir el tejido social del “enemigo” y que afecta a mujeres, hombres, niñas y niños.

El 19 de junio de 2015, la Organización de Naciones Unidas (ONU) proclamó esta jornada como el día internacional para la eliminación de la violencia sexual en los conflictos.

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Desde entonces, la ocasión es propicia para denunciar enérgicamente este vil acto de violación a los derechos humanos, reconocer el trabajo de quienes luchan contra él en todo el planeta y, sobre todo, visibilizar las historias de las víctimas.

De acuerdo con la ONU,  la violencia sexual en los conflictos,  es un método de guerra deliberado y planificado que busca humillar, degradar y destruir el tejido social del “enemigo” y que afecta a mujeres, hombres, niñas y niños.

El secretario general de la ONU dijo en 2019 que representa una "amenaza a nuestra seguridad colectiva" y una "mancha para toda la humanidad ".

 

Las secuelas son profundas y duraderas, las cuales deben superar junto al estigma, la pobreza, la discriminación y la falta de justicia ante la crueldad de los hechos. TeleSUR te presenta cuatro historias, donde las protagonistas son mujeres que con valentía dan testimonio del ultraje al que fueron sometidas.

Primera historia

 

“Mi nombre es Dionisia Calderón Arellano de la región de Ayacucho, en la provincia de Cangallo, distrito Los Morochucos. Primero he sufrido las violaciones de los senderistas.

El gobierno mismo también mandó a los militares a los pueblos, a los distritos, a las provincias… un tremendo atropello en el campo porque la mayoría de las mujeres hemos sido violadas por los militares, por los senderistas, por los ronderos… Y a las sobrevivientes el gobierno mismo también comenzó a hacernos la ligadura de trompas. Muchas mujeres fueron esterilizadas durante el gobierno de Fujimori, y a consecuencia hemos tenido violencia familiar también, porque a mi esposo me pegaba, celándome con el médico.

Muchas mujeres han muerto, muchas mujeres se han quedado enfermas, inválidas. Ahora no tengo temor a nada…Voy a seguir luchando, algún día encontraré justicia”

Segunda historia

María Victoria Lucumí es una colombiana de la ciudad Buenaventura. Fue ultrajada el 2 de octubre del 2001 por hombres del bloque Calima.

Días antes de ser violada y golpeada, asesinaron a su primo y a un amigo en el barrio Lleras. Antes, los responsables la amenazaron con vengarse de la familia de estos últimos y lo cumplieron de forma brutal. María Victoria fue deshonrada. Su tía y sus tres sobrinas también. Actualmente se declara sobreviviente, con profundas heridas físicas y morales.

Su caso no ha sido registrado por la Unidad de Víctimas. Algunos funcionarios la han discriminado, sugiriendo haber sido culpable de tan vil atropello. Hace año y medio, presentó su historia ante la Jurisdicción Especial para la Paz, pero no ha recibido justicia.
 

Tercera historia

 

Pascaline vive en la República Democrática del Congo y tiene unos cuarenta años. Se ganaba la vida trasladando productos de su aldea al mercado ubicado en un pueblo cercano durante todas las semanas; luego, regresaba con arroz, aceite y sal para vender entre sus vecinos.

Una tarde, se retrasó  y mientras retornaba a su aldea junto a otras mujeres se hizo de noche. “El camino estaba desierto. Un grupo de hombres armados se nos acercó. Nos dijeron que nos sentáramos en el piso. Tomaron nuestro dinero y nuestras pertenencias. Luego nos violaron”, relató. A la mañana siguiente, al volver a casa, ella le contó a su esposo Jacques lo sucedido. Él intentó expulsarla de la rústica vivienda en la que vivían con sus hijos.

Pero gracias a la intervención de la voluntaria de la comunidad, este fue cambiando de actitud, y si bien no terminó por abandonarla, ambos recibieron el rechazo de la familia de él, que le obligaron a dejar la pequeña parcela donde cultivaban los productos que vendían.

Actualmente, trabajan en los campos de otras personas por 2.000 francos congoleños por día, apenas suficiente para alimentar a sus hijos.

Cuarta historia

Rosa es colombiana. En el año 2000, fue atrapada por paramilitares, que la amenazaron con pistolas y la obligaron a subirse a una camioneta. Amarrada la condujeron a un lugar, donde le ofrecieron comida y le aseguraron que la iban a investigar. Ella no hacía más que llorar y pedirle a Dios.

Mientras estuvo bajo la custodia de sus secuestradores, fue violada todas las noches. Uno de ellos, llegó a prometerle que la ayudaría a escapar si tenía sexo con él. Lo complació. Tiempo después, en su pueblo, fue otra vez requerida por los paramilitares, que la obligaron a tener relaciones, bajo la amenaza de que si no lo hacía matarían a su familia. Por miedo no le contó a nadie ni hizo la denuncia.  Luego, la Fiscalía de su departamento le comunicó que uno de los que abusó de ella, había confesado que había sido víctima de violencia sexual.

“En Justicia y Paz uno de ellos en la audiencia dijo que yo quería sacarle plata al Estado…Todos son del mismo pueblo, y cuando salgan de la cárcel acá van a llegar, pero necesitamos hablar, confiar, sacar fuerzas”, concluyó Rosa. 


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