En Chiloé todo un pueblo lucha contra quienes contaminan sus aguas

No es exagerado decir que casi en el fin del mundo, en pleno Océano Pacífico, en el sur de Chile, Chiloé es uno de los archipiélagos más referenciales de ese país. Sin embargo, como suele ocurrir con aquellos enclaves que no implican grandes ciudades ni su derivado de hacinamiento poblacional y consumo voraz, las islas -como casi todo el sur- han sido históricamente ninguneadas por la metrópolis chilena. Allí habitan, trabajan y sufren peripecias económicas para sobrevivir, poco más de 167 mil chilotes, que es como se denomina comúnmente a los nativos de ese lugar. Además de cada tanto recibir algunos turistas (la mayoría del propio país), los chilotes se dedican a la pesca. En realidad, esa es precisamente su señal de identidad y también de orgullo. Ser pescador o pescadora artesanal (allí abunda el salmón) es para quien lo practica como forma de vida, una verdadera cultura, que pasa de padres a hijos y que reúne su buena cuota de sinsabores, pero también, de tanto en tanto, cae una alegría “para ayudar a seguir aguantando”, como escribiera uno de los poetas de la zona. 

En Chiloé todo un pueblo lucha contra quienes contaminan sus aguas

Hoy, sin embargo, Chiloé se ha transformado en una gran barricada de protesta, por culpa de las grandes empresas salmoneras que han convertido al archipiélago en un gigantesco centro de contaminación. Al parecer, la impunidad y el desprecio por quienes trabajan y viven en las islas, ha provocado que muchas de estas compañías que habitualmente comercializan el salmón, arrojen al mar toneladas de nutrientes de los desecho de pescados. Esto ha provocado un aumento desproporcionado de la cantidad de algas, incentivando así la denominada marea roja, que actualmente amenaza numerosos puntos pesqueros del Pacífico. Como se sabe, cuando se da este fenómeno el consumo de mariscos contaminados puede afectar seriamente la salud de las personas, incluso generar la muerte, y por eso las autoridades chilenas han llamado a la población a comprar estos productos solo en lugares autorizados, además de limitar al máximo la pesca hasta que el mal remita. 

Esto quiere decir que Chiloé vive una catástrofe medioambiental en toda línea, y que como consecuencia de la misma, los pescadores son los que llevan la peor parte. Al no echarse a la mar, no pescan y por lo tanto no cobran ni pueden alimentar a sus familias. Pero lo peor de todo este cuadro, es que como siempre ocurre, fueron precisamente esos trabajadores y trabajadoras los que desde hace tiempo advirtieron al gobierno de Michelle Bachelet sobre la actitud criminal de las grandes empresas salmoneras, al irrespetar las normas básicas para no contaminar. Nada obtuvieron, ya que el gobierno hizo oídos sordos frente a demandas tan justas, y por supuesto los empresarios siguieron haciendo dinero y multiplicando sus maniobras de destruir el medioambiente.

Frente a este panorama, cual Fuentovejuna, miles de pescadores artesanales de Chiloé su pusieron de pie, movilizándose y cortando rutas. Varias comunas del archipiélago fueron ocupadas, como son Ancud, Quellón y Queilén, impidiendo la circulación y evitando así que ningún tipo transporte pueda entrar ni salir de la isla. “Vamos a permanecer con la carretera cortada hasta que nos den una solución, porque el intendente ofreció un bono de cien mil pesos, pero quién vive con eso. La gente lleva casi tres meses sin trabajar. La autoridad viene y cierra las playas y ahí está la gente sin trabajar. Vamos a dar la lucha hasta al final porque todo lo que hemos ganado los pescadores ha sido en la calle, peleando”, nos dijo Chile Hernández, presidente del sindicato de pescadores artesanales Viento Sur de la localidad de Ancud. 

La respuesta de Bachelet y sus adláteres fue sacada de la misma receta que suele aplicarle a los estudiantes, enviando más carabineros para reprimir a quienes sólo reclaman poder trabajar y vivir dignamente. Esta actitud, sumada al accionar de custodios y personal de seguridad de las empresas salmoneras, tratando de atemorizar a los movilizados, provocó que la protesta crezca cada día más. Para colmo, en un encuentro informativo con el ministro de Economía, Luis Felipe Céspedes, los pescadores lo increparon porque el funcionario evitaba ofrecer soluciones. Tal fue el clima de la charla, que en un momento una de las dirigentas le preguntó a los gritos al “señor ministro”: “¿Acaso usted puede vivir con cien mil miserables pesos que nos ofrecen?” , y esto provocó que un amanuense del funcionario se indignara por el “maltrato”. Como suele ocurrir con cierta burocracia estatal, siempre están atentos a los detalles poco importantes y jamás sintonizan con la realidad de los de abajo.

Para los pescadores el tema está muy claro: el Gobierno se lava las manos frente al drama que afecta a miles de familias, tampoco quiere concederles el lógico reclamo de abonar un bono que ayude a paliar las pérdidas que ocasiona el no salir a trabajar, y por otro lado protege convenientemente a los ricos empresarios de las salmoneras. Esos mismos que  para amortiguar los olores de los millones de salmones muertos, vierten químicos que ahora provocan esta crisis.
Así las cosas, los pescadores han profundizado las medidas de lucha y en medio del humo de los neumáticos quemados y los gritos de “queremos justicia”, hombres, mujeres y niños no están dispuestos a ceder si no se los respeta y se los atiende “como ciudadanos que somos y no como población excluida”, afirman. El combustible empieza a escasear como parte de los bloqueos de rutas, en los colegios los maestros solidarios suspenden las clases y se suman con sus alumnos a las marchas y concentraciones, y  si faltaba algún ingrediente, no son pocos los diputados (algunos de ellos del propio partido de Bachelet) que se han manifestado en apoyo de los “rebeldes” y advierten que si no hay una pronta solución el conflicto puede ser mayor al que se vivió en Aysén, la otra pueblada del sur chileno que duró varias semanas y que no pudo ser resuelta ni con gases ni con balas de goma.

Como símbolo de la fuerza de este pueblo chilote, mientras se vela la noche en los cortes de rutas, los pobladores se apiñan alrededor de los fogones para ahuyentar el frío. De pronto, entre el agitar de banderas, muchas de ellas mapuches, los vecinos comienzan a cantar en voz baja un corito que dice: “Ya no hay pescao, ya no hay pescao, porque los grandes de aquellos bancos se lo han llevao”. Aparece una guitarra y un par de bandoneones, y la música se suma al vocerío, que se hace más y más potente. Hay risas, hay también algunos pasos de baile improvisado, pero también hay bronca de años, de siglos de tanta pobreza. 


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Perfil del Bloguero
Periodista argentino en medios de prensa escrita y digital, radio y TV. Escritor de varios libros de temas de política internacional. Director del periódico Resumen Latinoamericano. Coordinador de Cátedras Bolivarianas, ámbito de reflexión y debate sobre América Latina y el Tercer Mundo.
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